Ya ha pasado el ecuador de este contrato en Terra y empiezo a tener ganas de volver al mundo laboral estable, de poder implicarme en un proyecto. Porque esto de trabajar a 10 días vista no me permite comprometerme minimamente. En cualquier caso, lo primero que voy a hacer en cuanto acabe el contrato es zanjar el asunto de la renovación de la cocina de Alpedrete. A partir de ahí, la prioridad será el mundo laboral.
Es curioso las sorpresas pequeñas pero gratas que te da la vida. Este lunes volvía a casa tras la jornada laboral y me encontraba inmerso en el atasco de la tarde. No es un atasco muy grande (son unos 20 minutos de tráfico lento con paradas breves en una vía con dos carriles por sentido) pero resulta moderadamente desesperante para los no iniciados. Día neblinoso, ya oscurecido, rodeado de vehículos humeantes y ruidosos y cercado por enormes construcciones de dudosa estética... y de pronto una sorpresa: veo un movimiento inesperado y rápido en el limpiaparabrisas de mi coche. ¡Un ratoncillo! Lo veo salir de un lateral del capó del motor, junto a las rejillas de ventilación, husmeando el aire, con los bigotillos temblorosos. Recorre de izquierda a derecha la base del parabrisas con la cola muy tiesa, analizando el extraño ambiente que le rodea y vuelve a ocultarse por la derecha. Me quedo mudo de asombro (bueno, lo de mudo no se me nota porque iba solo), pero me pongo a buscar la cámara de fotos que suelo llevar siempre para inmortalizar el momento. Y en un momento estoy mirando al tráfico atascado, sujetando la cámara con una mano mientras trato de "cazar" al acompañante sorpresa. Pero no vuelve a aparecer... hasta el día siguiente, a la misma hora aproximadamente. ¡Y ahí si que puedo fotografiarlo! No se le ve de frente, no es una foto muy nítida, pero se aprecia su naturaleza. Creo que el diseño del vehículo incluye un hueco bajo el capó, aislado del motor, que se utiliza para guiar el agua que resbala desde el parabrisas hacia los laterales del mismo para ser evacuado. Y espero que mi pasajero no pueda pasar de ahí porque no me haría mucha gracia que se comiera alguna parte importante del motor... pero me ha hecho ilusión ver que la naturaleza sigue existiendo aun en entornos tan agresivos como este, tan aparentemente desnaturalizados. A ver si este finde aparco el coche en algún lugar agradable (desde un punto de vista ratonil) y lo saco de su alojamiento con mucho cariño.
En cualquier caso, todo esto me ha recordado otra historieta que nos sucedió este verano y en la cual el vehículo (el León) fue parte importante. Día de playa en Bolonia, entre Tarifa y Zahara de los Atunes en Cádiz. Una playa enorme, con grandes dunas de arena blanca y casi salvaje. El único acceso para vehículos se encuentra en un extremo de la misma y vamos equipados para un día típicamente playero: tumbonas, sombrillas, neverita llena de hielos y bebidas, algo para comer, toallas, cámara de fotos desechable y sumergible,... Aparcamos, sacamos todos los bártulos y tras cargarnos bien para hacer un solo viaje emprendemos el camino hacia el otro extremo, hacia la parte más tranquila de la playa. Arena preciosa y ardiente en un día muy caluroso... pero la hermosa playa y el sonido del mar nos hacen olvidar los casi 2000 metros de caminata hasta el destino. Plantamos las sombrillas, protegemos la nevera, extendemos las toallas, me quito la camiseta (iba descalzo desde el principio y ya tenia puesto el bañador), un poquito de crema protectora,... y de cabeza al agua. Estupenda temperatura, aguas limpias y claras, ninguna aglomeración: casi el paraíso. Pasa el día entre chapuzones, calor, viento (esa semana tocaba levante), bebidas frescas, algún picoteo, una expedición a lo alto de la duna más alta de la playa,... Y por la tarde (no muy tarde porque queríamos ver un pueblecito el interior antes de que oscureciera), recogida de bártulos y vuelta al coche. En esta ocasión a un ritmo más cansino: la arena seguía ardiendo igual que antes pero teníamos los cuerpos más castigados (al menos la nevera pesaba menos). Tras desandar los 2000 metros de playa, llegada al León: absolutamente sudorosos pero prestos a meternos al habitáculo infernal hasta que el climatizador rebajara la insoportable temperatura interior. Y empieza la emoción: busco la llave en la riñonera y no está...
Hago memoria y me doy cuenta súbitamente de la razón: al dejar el coche y cargarnos con los bártulos no tenia suficientes manos para sacar la riñonera y guardar la llave... ¡por lo que la metí en el bolsillo del traje de baño! Tremenda desazón cuando somos conscientes de la situación (y después de que alcanzan el convencimiento de que no es una broma de dudoso gusto por mi parte)... para calmar los ánimos les comento (con mucha seguridad aunque yo no estaba nada seguro) que en el peor de los casos tenía la llave de repuesto en la habitación del alojamiento, pero que iba a volver a la playa para tratar de localizar la extraviada antes de adoptar otras medidas. Entre consejos de no volver a buscar la llave aderezados con la certeza que tenían de que era imposible encontrarla (me decían que podía estar en cualquier punto de la playa dentro o fuera del agua) yo no podía dejar pasar la ínfima posibilidad de hallarla... Las dejo atrincheradas en una pequeña sombra con todos los trastos y emprendo el camino de vuelta hacia el otro extremo de la playa siguiendo la misma ruta de esa mañana. Mirada fija en el suelo, pasos cansinos, mente en blanco para no agobiarme con las implicaciones de la pérdida. Casi 20 minutos después llego al punto aproximado donde habíamos plantado toallas y sombrillas... ¡y veo la llave semienterrada por el viento! Intacta aunque con todos los resquicios llenos de arena. Alivio inmenso, sonrisa de oreja a oreja,... y llamo inmediatamente por teléfono para tranquilizar a los demás. Apenas nos entendemos por el ruido del viento, pero al principio creen que bromeo de nuevo... De vuelta al León, mucho más ligero, voy limpiando la llave de todos los granitos de arena, comprobando que no se había mojado, celebrando la decisión de confiar en la suerte. Y al llegar de nuevo, algarabía, saltos y mucho alivio. Arrancamos el motor y dejamos que el climatizador suavice la temperatura interior mientras comentamos alborozados la feliz conclusión de la jornada y, poco después, emprendemos la vuelta.
Al salir a la carretera general, una carretera comarcal típica: dos carriles, uno para cada sentido de circulación. Tráfico bastante intenso en ambos sentidos y nos ponemos detrás de un pequeño camión que transporta barriles de cerveza y refrescos para los grifos de los bares. Vamos unos 30 metro por detrás a 90 kmh cuando vemos con sorpresa como cae del camión un barril de los oscuros, metálicos, que alojan en su interior lo que luego se convierte en un refresco carbonatado en el vaso. El barril se estrella contra el asfalto y rebota mientras por mi cabeza pasan mil ideas: ¿volantazo a la izquierda? No, hay tráfico de frente. ¿Volantazo a la derecha? No, hay un terraplén justo al lado de la estrecha cuneta. ¿Frenazo? Quizá, pero no garantiza nada porque el barril viene hacia nosotros rebotando... Oigo un grito a mi lado, detrás noto una posición fetal de protección, toco ligeramente el freno,... y mientras, el barril impacta por segunda vez contra el asfalto, justo en el centro de nuestro carril. Pero ha adquirido un movimiento de rotación sobre si mismo y este segundo rebote hace que se eleve 3 o 4 metros por encima de la carretera... y lo veo claro: acelero y nos pasa por encima.
Mudos y lívidos vemos como el barril impacta por tercera vez en la cuneta, ya detrás de nosotros, y cae definitivamente en el terraplén. Delante de nosotros la camioneta se detiene al darse cuenta del problema pero nosotros pasamos de largo: no nos quedan ganas de polemizar al respecto. Además nadie ha resultado afectado.
El resto del día, afortunadamente, resultó mucho más tranquilo y previsible y tuvimos temas de conversación de sobra...
Por cierto, la llave de repuesto del León estaba en Araia, a más de 1.000 Km de distancia.
miércoles, enero 14, 2004
22:47 -
VI 
sábado, enero 03, 2004
11:54 -
V 
Ya dejamos atrás el 2003… para mí un año repleto de cambios en situaciones que por largo tiempo creí fijas e inamovibles. Un año ilusionante por los pasos dados pero no exento de emoción e intriga. Un año de toma de contacto y enfrentamiento con la realidad inmobiliaria e hipotecaria en este país. E iniciamos el camino del 2004, donde únicamente me marco como objetivos alcanzar una aún mayor estabilidad personal y comenzar a acercarme al mercado laboral madrileño. Y para empezar, vuelvo hasta el 20 de enero a Terra Networks, a cubrir de nuevo las vacaciones del administrador titular del CPD.
Ya soy alpedreteño (o alpedretense)!! Y creo poder afirmarlo sin temor a equivocarme porque ya vivo ahí oficialmente, soy cliente habitual reconocido de un garito (“La parrilla de Carla”), tengo unos cuantos conocidos, he depositado varias bolsas de basura en los puntos adecuados,... ya solo me falta apuntarme al polideportivo municipal, a la biblioteca y completar el empadronamiento... y tengo el impreso correspondiente a falta de entregarlo en el ayuntamiento.
Este piso en Alpedrete es el primero que habito en propiedad... pero a decir verdad es el que hace el número... (espera un poco que lo piense)... el número 9º en la lista de viviendas que he habitado (sin contar, obviamente, los hoteles, pensiones y viviendas de familiares y amigos (excepto mis padres) ni el Colegio Mayor). Además Alpedrete es la 8ª población en la que habito tras Las Palmas, Vitoria, Higuera de la Sierra, Amurrio, Araia, Mondragón y Madrid. Y cada mudanza que recuerdo (las mías, no tengo en cuenta las conjuntas con el resto de la familia) he ido notando un progresivo aumento de los trastos, bártulos y diversos recuerdos acumulados. Ropas, libros, aparallaje informático diverso, revistas, apuntes, elementos decorativos, fotografías, CDs,... Además también he notado la curiosa tendencia de todos esos trastos a ocupar ingentes cantidades de espacio una vez que inicias la mudanza: nunca hay cajas suficientes, todo abulta muchísimo en la habitación de destino (al menos hasta que empiezas a guardar las cosas en los armarios...), no hay manera de hacerse una idea clara del número de maleteros de coche llenos que harán falta, cada vez hay que trasladar más peso. Y eso que hasta ahora no he tenido que trasladar muebles (excepto una mesa y una silla que utilizo con el ordenador hace ya unos años). Otra curiosa cuestión es la de la “fauna” de una habitación cuando queda totalmente desprovista de elementos: manteniendo una limpieza suficiente (limpieza periódica del polvo de las superficies, barrer y fregar suelo más de una vez por semana) al retirar todo el mobiliario pesado y los cables (esos tan cuidadosamente desordenados de la parte trasera de la mesa del ordenador) empiezan a aparecer pelusas con vida propia escondidas en los recodos más inaccesibles. Y son colonias de pelusas no visibles en el ecosistema intacto que al “deforestarlo” empiezan a corretear por el suelo huyendo de la escoba y el recogedor... Se ve que el ecosistema “habitación pequeña en piso de alquiler repleta de trastos y con ordenador lleno de cables” parece resultar muy beneficioso para su metabolismo.
Todo lo cual me hace concluir que ahora que además tengo diversos muebles y electrodomésticos, en la siguiente mudanza (cuando el piso actual sea totalmente nuestro allá por el 2038 y nos planteemos venderlo) lo mas importante será ofrecerlo amueblado... no quiero ni pensar en el esfuerzo de trasladar además de los recuerdos y cacharrería diversa acumulados en 35 años los muebles y electrodomésticos...
(Me había planteado cambiar el título por “Crónicas alpedreteñas (o alpedretenses)” pero mantendré el de “Crónicas madrileñas” en referencia a la provincia o comunidad autónoma debido a que supongo que muchas de las cosas que me / nos sucedan tendrán ese ámbito ;-))
Ya soy alpedreteño (o alpedretense)!! Y creo poder afirmarlo sin temor a equivocarme porque ya vivo ahí oficialmente, soy cliente habitual reconocido de un garito (“La parrilla de Carla”), tengo unos cuantos conocidos, he depositado varias bolsas de basura en los puntos adecuados,... ya solo me falta apuntarme al polideportivo municipal, a la biblioteca y completar el empadronamiento... y tengo el impreso correspondiente a falta de entregarlo en el ayuntamiento.
Este piso en Alpedrete es el primero que habito en propiedad... pero a decir verdad es el que hace el número... (espera un poco que lo piense)... el número 9º en la lista de viviendas que he habitado (sin contar, obviamente, los hoteles, pensiones y viviendas de familiares y amigos (excepto mis padres) ni el Colegio Mayor). Además Alpedrete es la 8ª población en la que habito tras Las Palmas, Vitoria, Higuera de la Sierra, Amurrio, Araia, Mondragón y Madrid. Y cada mudanza que recuerdo (las mías, no tengo en cuenta las conjuntas con el resto de la familia) he ido notando un progresivo aumento de los trastos, bártulos y diversos recuerdos acumulados. Ropas, libros, aparallaje informático diverso, revistas, apuntes, elementos decorativos, fotografías, CDs,... Además también he notado la curiosa tendencia de todos esos trastos a ocupar ingentes cantidades de espacio una vez que inicias la mudanza: nunca hay cajas suficientes, todo abulta muchísimo en la habitación de destino (al menos hasta que empiezas a guardar las cosas en los armarios...), no hay manera de hacerse una idea clara del número de maleteros de coche llenos que harán falta, cada vez hay que trasladar más peso. Y eso que hasta ahora no he tenido que trasladar muebles (excepto una mesa y una silla que utilizo con el ordenador hace ya unos años). Otra curiosa cuestión es la de la “fauna” de una habitación cuando queda totalmente desprovista de elementos: manteniendo una limpieza suficiente (limpieza periódica del polvo de las superficies, barrer y fregar suelo más de una vez por semana) al retirar todo el mobiliario pesado y los cables (esos tan cuidadosamente desordenados de la parte trasera de la mesa del ordenador) empiezan a aparecer pelusas con vida propia escondidas en los recodos más inaccesibles. Y son colonias de pelusas no visibles en el ecosistema intacto que al “deforestarlo” empiezan a corretear por el suelo huyendo de la escoba y el recogedor... Se ve que el ecosistema “habitación pequeña en piso de alquiler repleta de trastos y con ordenador lleno de cables” parece resultar muy beneficioso para su metabolismo.
Todo lo cual me hace concluir que ahora que además tengo diversos muebles y electrodomésticos, en la siguiente mudanza (cuando el piso actual sea totalmente nuestro allá por el 2038 y nos planteemos venderlo) lo mas importante será ofrecerlo amueblado... no quiero ni pensar en el esfuerzo de trasladar además de los recuerdos y cacharrería diversa acumulados en 35 años los muebles y electrodomésticos...
(Me había planteado cambiar el título por “Crónicas alpedreteñas (o alpedretenses)” pero mantendré el de “Crónicas madrileñas” en referencia a la provincia o comunidad autónoma debido a que supongo que muchas de las cosas que me / nos sucedan tendrán ese ámbito ;-))
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